Nos lo hemos buscado

Hace un mes publiqué un comentario en Twitter a raiz de una noticia mal contada, a mi entender, por el “Faro de Vigo”. No es nueva, no es llamativa, porque siempre se cuentan igual. “Muere una mujer a causa de las puñaladas recibidas…” “Muere después de haber sido apuñalada…” “Hallada muerta en su domicilio una mujer cuyo marido ha sido detenido…”

De las respuestas a mi Tweet…

… deduzco que aunque la acción en sí nos parece una barbaridad, hay personas que no ven la importancia del titular, que no se dan cuenta de que la forma en la que se cuentan las noticias afecta al modo en que las percibimos: es de primero de comunicación, hasta de gramática, que la elección del sujeto es fundamental, ya que de cómo empecemos a leer la frase va a depender cómo percibamos la información. Si a  esto le añadimos la posición que este tipo de noticias suelen ocupar en el interior de los diarios, queda claro que somos víctimas de segunda, o tercera, categoría. Un periodista a quien admiro y respeto mucho lleva en su TL de Twitter un conteo de las mujeres asesinadas por violencia machista desde 2003. Cada nueva víctima añade un comentario con el número. Y sé que es una forma de llamar la atención sobre el problema, y de tenerlo presente, pero sigue siendo un número. Seguimos siendo un número. Como el número de muertos en una guerra lejana. O a los pies de nuestras fronteras cerradas. O en el Mediterráneo.

Y llevo un tiempo preguntándome por qué, porque ya sé las explicaciones sociológicas en las que se fundamenta la poca empatía que sentimos con las víctimas lejanas: el color de piel, la cultura, la distancia.  ¿Por qué, si no estamos al otro lado del mundo, ni de la frontera, ni del mar? ¿Por qué, si somos vuestras vecinas, compañeras de clase, de trabajo, amigas? ¿Por qué somos sólo un número, otra muerta sin nombre? ¿Por qué no se habla de nosotras como de otra persona víctima de un asesino cualquiera? Y ya tengo la respuesta. Porque a vuestros ojos, incluso a los ojos de personas que no se consideran machistas, nosotras elegimos a nuestro verdugo. Y ahí se acaba todo. Somos culpables, responsables subsidiarias de lo que nos sucede. De alguna manera, al igual que se le pregunta a la víctima de una agresión sexual por su vestimenta o se le señala el error de ir sola por cierta calle a cierta hora, se juzga silenciosamente a la mujer víctima de la violencia de género. Nos lo hemos buscado.

Y sé que es fácil pensar que lo que digo no es cierto, y sé también que cualquier persona con dos dedos de frente no expresaría un pensamiento así en voz alta, pero se le pasa por la cabeza. Se os pasa por la cabeza, no podéis, no podemos, evitarlo. ¿Qué hacía con ese tío? ¿Por qué volvió con él despues de haberle denunciado? ¿Por qué no se fue a vivir a otro lugar? ¿Por qué? Pues porque no pudo. No vamos a dar aquí una clase magistral de victimología, no podemos explicar una a una las circustancias personales de cada asesinada, aunque deberían publicarse, deberían saberse. Deberíamos leer, bajo esos titulares que nos impactan lo justo, por ejemplo, el tipo de persona que era ella (buena, compasiva, volvió con él porque estaba enfermo, porque le dió pena). Y pensaremos: pues a él no le dió ninguna pena matarla. Exacto. Y ahí radica la diferencia entre ella y él. Entre el asesino y su víctima. No son cómplices del delito. Ella no se lo buscó. Ella no tuvo la culpa. EL MALTRATO EXISTE PORQUE EXISTEN MALTRATADORES. Punto.

Entender que la violencia de género no es una lacra de personas poco afortunadas, con poco recursos y de una clase social diferente a la nuestra (recordadme que hablemos un día de lo de la “clase social”, por favor) es el primer paso para asomarse al abismo del problema. Desentrañar las fases, los tipos de violencia ejercida, el poder que el maltratador ejerce sobre la mujer maltratada (sí, MUJER. Sí, también hay violencia en parejas del mismo sexo, pero NO ES DE GÉNERO) es el segundo. Nosotras, que hemos aprendido que somos seres indefensos que necesitamos de un hombre hasta para que nos baje algo del último estante de la cocina, tenemos una predisposición de género a aguntar lo que nos toque, a quejarnos poco y a ser sumisas y compasivas. Es cuestión de suerte y tiempo que nos crucemos con un energúmeno, y es en parte cuestión de recursos emocionales y del momento de la vida en el que nos le encontremos que caigamos o no en sus redes.

Así que por favor, cuando os volváis a cruzar con una de estas noticias parad un segundo a pensar antes de juzgarla a ella, de culparla a ella, de responsabilizarla a ella. Ella era una prisionera en una jaula de miedos y derrota psicológica que necesitaba una red fuerte a su alrededor que la animase a saltar al vacío que le suponía salir de esa relación. Si conocéis un caso cerca, si estáis cerca de una mujer maltratada, no le deis la espalda. No la dejéis sola. Aunque sea duro ver como vuelve una y otra vez, aunque se os pase por la cabeza esa idea de que se lo está buscando, dadle la penúltima oportunidad. Siempre la penúltima. Porque es muy probable que la vuestra sea la mano tendida que la ayude a levantarse. Recordad que por cada mujer asesinada cientas salimos adelante, y somos unas guerreras. Llevamos cicatrices en el alma, pero aquí estamos. Somos vuestras vecinas, compañeras de clase, del trabajo, amigas. Supervivientes nos llaman.

 

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